El partido de la selección ha dejado una sensación extraña. Nadie podía esperar demasiado festejo por un resultado mezquino, conseguido casi de asalto y un acceso al mundial obtenido de última y malamente.
La visión del partido que entregan Gonzalo y Dante en cada una de sus notas es la misma que la mayoría tenemos. Y es la que se escucha hoy por hoy en los comentarios del periodismo y de los oyentes en la radio. El partido fue malo, entre dos malos equipos plagados de mediocres jugadores, donde fue todo tan pobre que para algunos Verón tocando para los costados, o Demichelis jugando casi dentro del área grande o Di Maria tratando de encarar pueden ser mencionados como los mejores.
Y aunque el origen y motivo de todos estos comentarios haya sido el fútbol, el fútbol fue dejado de lado por Maradona justo a la hora de festejar. La opinión pública sobre DAM es casi generalizada y va desde el estupor hasta el hartazgo. Pocos se animan a defender a un personaje que ha superado cualquier expectativa de exceso posible.
A mí, Maradona me hartó.
Me hartó un tipo que usufructúa desde hace 20 años unos pocos años de éxito y talento en un asunto más en la vida de cualquier sociedad como lo es el fútbol, abusando públicamente de los demás con actitudes personales en decadencia y degradación constante.
Desde aquella pasajera y lejana "gloria" hasta este presente descontrolado, maleducado y patotero, se ha permitido y le han permitido bastardear la memoria del Che, criticar al Papa, abrazar a Menem, reivindicar la política de los 90, después repudiarla, meterse en la vida institucional de cualquier club y organización e inumerables incoherencias más, protegido por la impunidad obtenida por jugar bien algunos partidos de fútbol. Se le ha permitido aparecer públicamente en estado físico y mental lamentable. Y se lo ha expuesto y usado.
A partir de estos exabruptos tolerados, consentidos y festejados desde aquel lejano 1979 se ha instalado en su intelecto y personalidad la creencia de que todo le está validado.
Al cabo, los hechos se lo confirman.
Por esto, Maradona merece cualquier calificativo que hoy se le adjudique. Porque con su actitud da pié a la descalificación de clase, por su indefendible verborragia se lo degrada como “negro cabeza” y por su culpa, el origen humilde es asociado con la incultura, la irrespetuosidad y la mala educación, concepto absolutamente falso, pero a la que este tipo y su forma de ser es funcional.
Justo él, que como pocos tuvo la oportunidad de asomar la cabeza desde lo más bajo, le da letra al pensamiento clasista y discriminatorio del mediopelo, cuando debería estar tratando de hacer lo contrario.
Pienso en Accavallo, pienso en Gardel, pienso en De Vicenzo, y tantos otros tipos de origen humilde como él, que usaron la oportunidad que les dió su talento para demostrar que, a igualdad de oportunidades, todos tenemos las mismas posibilidades de éxito. El "ejemplo" Maradona es la prueba que usan los miserables que descalifican a los más pobres, a los que la pelean desde abajo.
Hoy, en medio de esta mezcla de vergüenza, repudio y sorpresa generalizada, hay quienes desde el periodismo exigen una disculpa, como si con eso alcanzara para corregir la situación. La falta de respeto a los demás es como la honradez, cuando se pierde no se recupera.
Pero el periodismo, principal destinatario de las groserías proferidas por Maradona, consciente de su gran porción de responsabilidad en la creación del personaje y en la asignación de sus derechos, se cuida de hacerse cargo de esto y pone el evento como una agresión de Maradona a toda la sociedad, que lo es, pero detonada por la mediocridad chabacana, poco profesional y siempre corporativa de los medios deportivos y más específicamente de los periodistas que los integran.
Si esos mismos periodistas con cierta seriedad profesional que hoy se ofenden por los dichos y desprecio de Maradona y el resto de los integrantes del seleccionado, jugadores y cortesanos, hubiesen sabido diferenciar sus propias críticas profesionales sostenidas en el mamarracho futbolístico que fue esta selección, en el despropósito organizativo gestionado por Maradona, Bilardo y compañía, en la convocatoria espasmódica de más de 80 jugadores para menos de 10 juegos, en el manoseo del prestigio de profesionales del fútbol; si oportunamente hubiesen establecido diferencias con los comentarios chismosos de internas, peleas, cuernos entre jugadores, falta de patriotismo y demás puterío tan habitual a la mayoría de sus colegas, quizás hoy podrían cuestionar más apropiadamente los dichos de Maradona y el resto de los protagonistas.
Hoy podrían distanciarse de Olé, Fox y TyC. Pero al haber permitido que todos estén en la misma bolsa, dan lugar a que, escudados en el repudio a la “critica con mala leche”, descalifiquen y desprecien cualquier crítica que este cachivache futbolístico que fue la selección pueda recibir. Hoy están “en el mismo lodo todos manoseaos”
Son pues los periodistas con su recurrente corporativismo y defensa de cualquiera que tenga carnet, más allá de lo que diga y cómo lo diga, lo que da lugar a que se los repudie y cuestione en forma general. Excusados en que no hacen periodismo de periodistas, toleran que cualquier charlatán, mentiroso, inmoral o venal personaje que se instale detrás de un micrófono o se escude en un pasquín quede igualado con ellos.
Por eso cuando uno dice periodistas como conjunto, cuando Maradona y los jugadores insultan a los periodistas, meten en la misma canasta a Macaya, Niembro, Araujo, Closs, Arévalo, Palacio, etc. junto con Verea, Bonadeo, Veiga, Fernandez Moores y otros y la culpa de esta integración maloliente en su resultado es culpa de los últimos, que no toman distancia taxativa y nominal de los primeros en el momento oportuno.
Cuando cada periodista comience a ser crítico con nombre y apellido de aquéllos que lejos de los hechos se nutren de la basura, el periodismo empezará a ganar respeto.
Mientras tanto son todos iguales.
Todos son Palacios, Arévalo o Closs.
Y mientras esto sea así, Maradona recaerá en su incontinencia verbal, en su lógica berreta y en su descalificación patotera de todo aquel que lo critique.
Eso sí, para él seguramente quedarán exceptuados de sus insultos y groserías aquellos que “se la chupan” desde hace rato.


